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martes, 23 de julio de 2013


Por: Víctor Montoya


 
Colombia tierra querida
 
"No os preguntéis qué puede hacer vuestro país por vosotros. Preguntaos qué podéis hacer vosotros por vuestro país" John F. Kennedy.
 

El país  que ha construido mi generación y la generación que me ha precedido no es muy satisfactorio por varias razones. Los problemas colombianos identificados hace años no se han resuelto y por el contrario cada vez parecen agravarse más. Hace más de 25 o 30 años o quizás más los colombianos soñaban con superar la opresión del narcotráfico y la violencia urbana; hace 35 años se creía que la guerrilla perdería su capacidad de operación y de esa forma volvería la paz a las zonas rurales, y que el desarrollo económico llevaría a Colombia al bienestar general y el UPAC daría casa a todas las personas.

Los politiqueros prometieron reducir el desempleo, eliminar la miseria, mejorar los ingresos de los trabajadores, dar educación básica a todos los niños, eliminar la corrupción. No eran metas imposibles y en algunos aspectos el país ha evolucionado, pero sería una estupidez ignorar que la nerviosidad  y el desasosiego se apoderan de la imaginación de los compatriotas.

No pretendo hacer un ataque de críticas a los colombianos ni a los  que se creen dueños del país, solo quiero que abramos los ojos a una realidad, que para nuestros vecinos es muy visible, y para nosotros se nos ha convertido en una costumbre ya que nos conformamos con las cosas malas, con la corrupción, con la guerra interna, que cada día involucra más colombianos inocentes, allí cabe preguntarnos al igual que lo hizo William Ospina ¿en dónde está la franja amarilla? que se supone que representa la riqueza de Colombia en su gente y territorio.

Otros países que económicamente viven bien y tienen un estado responsable, saben reaccionar en bloque ante todo lo que los lesione, no se dejan pisotear porque su gente tiene orgullo y mucha dignidad.

Entonces porque en nuestra Colombia Tierra Querida donde la mitad de la población es pobre y donde la tasa de desempleo es altísima, no nos pronunciamos contra esto, porque ni siquiera los sectores pudientes se sienten satisfechos debido a que se sienten desprotegidos.

Cada día se ve más desprotegida nuestra sociedad, ya que el estado no cumple con los más mininos deberes. En un país donde hay tanta gente buena y con tanto talento, por qué siempre sobresale lo malo, por qué siendo Colombia tan rica en su tierra no la aprovechamos al máximo, por qué los colombianos tenemos que ir a otros lados a labrar nuestro futuro.

La respuesta es muy sencilla, el país empezara a transformarse cuando los colombianos cambien esa mentalidad de pobres, dejen de hacerse los de la vista gorda y tomen conciencia de que son capaces de tener un país que puede ser mejor.

 

miércoles, 17 de julio de 2013


  
Millonaria multa por engaño al consumidor
  
“Esta es una invitación para que abramos los ojos, reaccionemos y no nos dejemos meter más los dedos a la boca de las grandes multinacionales que quieren crecer mucho más sus fortunas a expensas de lo que sea”
 
 
La SIC sancionó por infracciones al régimen de protección al consumidor a compañías de alimentos.
Una multa por 340 millones de pesos impuso la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC) a la compañía Pepsico Alimentos Colombia por no entregar a los consumidores el contenido ofrecido en uno de los productos que comercializa.
Se trata de la reconocida marca Natuchips Plátano Verde. En una investigación realizada por la entidad esta determinó que mientras en la cara principal del empaque del producto se mencionaba que este contenía 51 gramos, en el anverso y en letra pequeña se informaba que el peso era de 43 gramos de plátano verde más una bolsa de salsa de 8 gramos.
La investigación fue realizada con base en una muestra de 125 paquetes en un lote de 15.996 unidades en los que comprobó que se estaba entregando una cantidad de producto inferior a la ofrecida.
Esta es una decisión de segunda instancia que toma el organismo, lo que quiere decir que ya no hay lugar a que la compañía interponga más recursos, con lo cual tendrá que pagar la multa impuesta.
El superintendente, Pablo Felipe Robledo, afirmó que la multa no sólo debe incentivar a las empresas privadas a abstenerse de realizar este tipo de conductas que van en contravía del Estatuto del Consumidor, sino que, además, debe servir para que quienes conozcan de hechos similares lo denuncien ante esta entidad.
Este caso en el que se ofrece en el empaque un contenido mayor al que realmente se entrega no es un caso aislado. Por el contrario, se presenta con frecuencia en toda clase de productos empacados, desde alimentos y bebidas hasta productos para el aseo personal.
En los últimos días la SIC también impuso otra multa por 117,9 millones de pesos, pero esta vez a la empresa de camarones Gher Asociados Ltda. porque en el empaque se ofrecía 250 gramos de camarones tigre cuando realmente sólo se estaban entregando al público 145 gramos.
En el transcurso de la investigación la compañía informó que recogió la totalidad de los inventarios y que tomó las medidas correctivas.
Este año la entidad reforzó las visitas para verificar el control de cantidades y medidas en toda clase de establecimientos, desde grandes cadenas comerciales hasta plazas de mercado. Ni las estaciones de gasolina se han escapado del control de la Superindustria.
 
Tomado de:http://www.semana.com//economia/articulo/millonaria-multa-engano-consumidor/351016-3

Video tomado de:http://www.youtube.com/watch?v=DaPPENNbC1s




sábado, 6 de julio de 2013

Video

 
 
Mujer Emprendedora
 
 
 
 
 
Esta es la historia de Leidy Joanna Baena una mujer de la comuna 13 de Medellín, quien  gracias a sus capacidades  y ganas se ha convertido en una mujer emprendedora y está saliendo  adelante con su empresa de publicidad.

sábado, 15 de junio de 2013



El vocabulario en las redes sociales
 
 

 
 
El vocabulario de las redes sociales podría traspasar las fronteras debilitando aùn más la ortografía de las nuevas generaciones.

 

 

    domingo, 9 de junio de 2013





    Diario de a bordo de la magistrada Díaz

     
    "Si la justicia es para los de ruana, los cruceros son para los de toga"

     
    Domingo
    Hoy atracó el crucero en Cartagena. Lo atracó un señor a quien no conozco, y eso que trabajo en la rama judicial. En un comienzo pensé que era el magistrado José Alfredo Escobar; pero como no tenía botines, ni hizo encarcelar a carpintero alguno, lo descarté. No veo la hora de embarcar. La verdad es que el país está insoportable. ¿Quién no va a querer irse si, para empezar, acá no hay quien imparta justicia? En el mar, la vida es más sabrosa. Tengo mariposas en el estómago por la emoción.
     
    Lunes
    Al fin abordamos. Lo de las mariposas en el estómago resultó ser una intoxicación por un coctel de langostinos y tuve que sentarme como Santos en la casa de Valledupar. Acudí a ese recurso deposición, pero ya es caso archivado. Mi cabina es en primera clase porque en eso soy muy ‘angelinista’ y creo que la presidenta de la Corte Suprema no puede andar como una zarrapastrosa. Tan pronto como llegué me enfundé el bikini –sí, bikini, de dos piezas, porque nunca he sido mujer de una sola pieza– y me encontré con el resto de magistradas. Pedimos nuestros primeros daiquirís. Conocimos a unos ecuatorianos divinos. Uno era juez en Sucumbíos. Me quedé profunda en la silla asoleadora, delicioso, pero no me eché bloqueador y terminé más ardida que Uribe con Santos. Ojalá no me queden manchas, porque nada más feo que una magistrada con manchas. Mañana estudiaré los expedientes.
    Martes
    El mar estaba tan picado como Andrés Pastrana, y me resbalé y me caí, y me pegué en toda la popa. Eso me puso de mal genio. Quedé toda imputada. Para completar me enteré de que en Colombia hay gente rebotada por mi viaje. Qué rabia. Con este vaivén, la única persona que tiene derecho a rebotarse soy yo. ¿No saben, acaso, que uno es mejor funcionario cuando adquiere mundo? Para no amargarme, me bajé en la isla de Arrubla y me fui de shopping. Demasiado mal genio para mirar los expedientes.
    Miércoles
    Alejandro salió en mi defensa desde Tunja. Divino. Dijo que mi viaje era puro ruido y que yo era excelente funcionaria. Estuvo tan amoroso como cuando defendió nuestras pensiones millonarias. Es triste que en Colombia no puedan ver a una magistrada en un crucero, con permiso remunerado, sin que se llenen de rabia. De todos modos “mi procurador hermoso”, como le digo yo, me mejoró el genio y me gocé el día a fondo. La próxima me lo traigo. Le digo que ‘crucero’ viene de ‘cruzada’ para convencerlo. De resto, almorzamos en la mesa del capitán, un señor adorado. De noche, lo de siempre: casino y discoteca. No alcancé a mirar los expedientes. PD: la isla no se llamaba Arrubla sino Aruba.

    Jueves
    Estoy feliz en el crucero. Pasan copas en bandejas y, como si se tratara de la misma Justicia colombiana, cada quien puede tomarlas por su propia mano. El barco avanza a 20 nudos, los mismos que tiene, en promedio, un proceso en Paloquemao. Una cosa memorable: ¡me animé a imitar a unas turistas suecas y me bronceé sin nada arriba! Como decían los demás magistrados: no parecía Temis, la diosa de la Justicia, sino Tetis, la mitológica esposa del océano. Pero qué diablos. Solo se vive una vez. Por la tarde hicimos concurso de piñas coladas, y ganó el jurista Jaime Humberto Araque. De premio lo nombraré magistrado. Mañana miro los expedientes.
    Viernes
    Si la justicia es para los de ruana, el crucero es para los de toga. Hemos pasado felices y los magistrados que vinimos al paseo nos hemos unido mucho. Cuando me pensione montaré mi propia flota de cruceros inspirada en la rama judicial, con barcos que surquen las aguas a la velocidad de la Justicia colombiana: es decir, que no anden, que solo hagan agua. Las cabinas de tercera categoría vivirán hacinadas. Rodrigo y Tomás Jaramillo viajarán en primera clase sin que nadie los toque. Al primer barco lo bautizaré con el nombre de ese otro colega al que adoro, ‘Alberto Rojas’, pese a que, más que un barco, Albertico sea todo un avión. Y expediré la tarjeta ‘Ruth Marina Díaz’ para viajeros frecuentes. (De mañana no pasa la lectura de expedientes).
    Sábado
    Hoy hice la lista de sitios a los que he viajado desde que me posesioné y me pasó algo chistoso. Arranqué: Viena, Iguazú, Praga, Budapest. Y cuando llegué a Ginebra, me antojé de una. Delicioso. Nada como una gin and tonic bajo el sol. Claro que se me iba yendo la mano y se me fregó la lectura de los expedientes. Por la tarde, aeróbicos en la piscina, cena con el capitán y rumba de despedida (en la discoteca).
    Domingo
    Llegamos  a Bogotá. Qué depresión. Definitivamente prefiero las salas de masajes a las salas de casación y los bufetes del desayuno a los bufetes de abogados. El escándalo por el viaje está tenaz. Los hijos de Uribe harán negocio con el cobre que pelé en estos días. No hablaré con la prensa porque eso es como perfumar al diputado Rodrigo Mesa. Que más bien agradezcan: en una sola semana acumulé suficientes millas como para compensar las que el país perdió en el fallo de La Haya.
    Lunes
    La altura de Bogotá me está matando, y eso que es la única altura que me queda. Llegué manchada y molida. No veo la hora de largarme al Congreso en España y dormir en alguna conferencia. Llevaré los expedientes para leerlos en el viaje.
     
     
    Tomado de: http://www.semana.com/opinion/articulo/diario-bordo-magistrada-diaz/345716-3
     

    viernes, 17 de mayo de 2013


     
    Por: Vìctor Montoya
     

    Lo que nada nos cuesta, hagámoslo fiesta.



    He gastado  25 años de mi vida, un cuarto de siglo, preocupándome por “tener”; desde pequeño y desde que tenía “uso de conciencia” comenzaba a hacer mis primeras pataletas para obtener  lo que deseaba, un juguete de moda, un sobrecito de estampas para el álbum, un helado, y todas esas cosas que se nos antojan cuando somos niños, cuando aún desconocemos la dimensión de todo lo que nos rodea  y de las obligaciones que se nos vendrán más adelante.
     
    Todos esos objetos  que me hacían feliz momentáneamente, felicidad que duraba hasta que apareciera en la televisión otro juguete nuevo; no duraban más de una semana en su estado original, porque desde pequeños desarrollamos ese instinto de desbaratar y acabar  todo lo que nos regalan.
     
    Cuando doy un paso más en mi vida y llego a la adolescencia, me doy cuenta  que esa forma de pensar de niño no había cambiado mucho, seguía preocupándome  en “tener”; tenía que conseguir los tenis  de moda, tenía que cuadrarme a una novia, tenía que tener el último corte de cabello, tenía, tenía, tenía, mi vida estaba influenciada cada vez más por este verbo. Pero el cambio más significativo y el paso más grande de niño a adolescente, era que los objetos duraban un poco más en mis manos y en su estado original, bueno, excepto las novias; y como buen espécimen de la raza, aun conservaba el instinto de destructor que nos hace diferentes de las otras especies.
     
    Hoy en día, cuando soy un poco más consciente de la realidad, y de lo que estamos viviendo, he caído en la cuenta que aún conservo en mi  interior pero en una forma más racional ese bendito “tener” que me implantaron cuando era  chico, pero que para algo me tenía que servir algún día. Sí, sigo preocupándome en “tener” solo que a diferencia de mis otras etapas, esta vez sí quiero conservar  para siempre esos objetos que me ha regalado la vida.
     
    Quiero “tener” mi planeta en su estado original, con todas sus especies animales vivas, con toda su flora y fauna adornando cada línea de la esfera, con todas sus aguas llenas de pureza y de vida.
     
    Quiero “tener” un planeta en el que pueda traer a un hijo para que haga sus primeras pataletas para “tener” algo.
     
    Quiero “tener” las fuerzas para comenzar a cambiar ese instinto de destruir todo lo que nos regalan, porque creemos que lo que nada nos cuesta…….. ……, pero sí señores esto nos está costando demasiado, nos está costando el futuro de las próximas generaciones, de nuestros hijos, de nuestra especie, de nuestra propia existencia.

    miércoles, 8 de mayo de 2013



    Por: Andrés Delgado


       Coperas
     

    De día, mujeres comunes. De noche, las reinas de la fiesta. No viven del sexo, sino de las preguntas. Ser coperas es su profesión, y escuchar a los hombres su función. Sonriendo, bellas siempre, dispuestas a acompañar unos tragos que suban la cuenta, pasan las noches estas bellezas intocables hechas de hierro y maquillaje.



     
    Durante la noche, sentados en el bar Hollywood, Juliana no ha dicho mi nombre. No me dice Andrés, sino papi, y cada que me dice papi yo floto en los espacios misteriosos de mi ser. Andrés es el nombre del esclavo que obedece las órdenes del mundo. Papi es un cuento de mil y una noches.
     
    Al frente de nuestra mesa está la pista de baile. Los cuerpos de las parejas que bailan me recordarás, aunque me vaya me recordarás son cruzados por rayos de colores. La música truena, las parejas sonríen y el barman sirve un trago en la barra. Me recordarás, aunque me vaya me recordarás.


    Venga bailemos —y Juliana taconea por entre las mesas, arrastrándome de la mano como a un hijo bobo.


    Me sube una bomba de sangre a la cabeza. Por favor, voy a pisarle los pies. Las parejas quiebran cintura y la bola de espejos despide rayos en todas las direcciones. Me recordarás, aunque me vaya me recordarás. Será cuestión de los tragos, pero la música comienza a gustarme. Juliana me dice que por favor no le mire tanto los pies. Me avergüenzo y levanto la frente. Me sonríe, tan linda, y su gesto restablece mi confianza. Mi nariz llega a su coronilla, aunque Juliana tiene tacones. Su rostro afilado me gusta, pero ese pequeño lunar redondo al borde de su labio me hace pensar en algo siniestro.
     
    —No mueva tanto los hombros —y su aliento fresco a Chiclets Adams me golpea en la cara.
    Pleno ajetreo de la calle Bomboná entre Junín y Palacé, siete de la noche. La comida callejera chirrea en la grasa mientras se levanta un vapor feroz desde las planchas de asaduras. Mientras espero mi tarrito de intestino asado liquido una butifarra. Mastico ansioso, pensando dónde carajos gastar mi viernes. Me tortura la pregunta de los desesperados: ¿A quién llamo?

    La congestión de la calle se revuelve con aire orgánico. Voceadores de buses y almacenes de cachivaches. Gente, colectivos y taxis. Pitos, semáforos. Una carreta hasta el tope con una pirámide de mangos amarillos. Al frente, un marco en media luna con luces de striptease, muy distinguido. Seré pendejo. Lo que necesito es un ron despachado con cerveza mientras miro viejas empelota.


    El bar Hollywood es una caverna roja y mineral, estrecha y larga como cualquier cueva. Al fondo están la barra y la pista de baile. Truena una salsa de Marc Anthony: Qué precio tiene el cielo, que alguien me lo diga. No hay barra de striptease ni tarima. Estoy desubicado y dudoso. Desde el fondo oscuro me mira un cúmulo de ojos intimidantes, así que no hay de otra que gastarse una cerveza. Avanzo muy despacio por el pasillo. Así debe ser el infierno: largo, estruendoso y rojizo. No sé dónde sentarme. Este infierno tiene ventiladores y mujeres que cuchichean en las mesas y me miran como colegialas, las coperas.


    Por fin me siento. En la mesa hay un tarro rojo cuya función no entiendo. Las otras mesas también lo tienen. ¿Será un cenicero? ¿O un tarro para las propinas? Viene una pelada que sonríe y pregunta qué quiero tomar.

     —Una Pilsen —y yo también le sonrío—, bien fría si es tan amable, y un ron doble.
     Su calidez y disposición me hacen sentir cómodo y tranquilo.
     — ¿Usted cómo se llama? —le pregunto.
     —Juliana —y me mira.
    — ¿Se quiere sentar conmigo, Juliana?

    —Ya vengo pues para que conversemos un ratico —y taconea en dirección a la barra.


    Un afiche: prohibida la entrada de armas. La pelada llega con mi pedido, abre la cerveza y echa la tapa en el tarro. Para ella ha traído una cerveza Clarita que también destapa frente a mis ojos. La desconfianza en estos sitios es por el licor adulterado. ¿Pero el trago de ron? Espero que en dos horas no quede envenenado y ciego. El ron me destapa las vías respiratorias, y lo bajo con un buen trago de cerveza.


    A nadie parece importarle que esté bailando con Juliana. Durante el primer minuto bailamos en un par de baldosas. Cuando vamos de nuevo en el coro, Juliana toma la iniciativa y me empuja en un paseíto por la pista. Me recordarás, aunque me vaya me recordarás. Dejarse jalar por una mujer en un baile es de lo más incómodo. En la palma de la mano siento el michelín blando de su cintura. Juliana es trocita y chiquita. Y dice que come poquito. Le amaso el gordito, que me relaja y a la vez me provoca. En un acto reflejo me atrevo a seguir la letra de la canción.
     —Ay, usted canta muy lindo —me dice al oído.

    Me siento halagado y aspiro con ganas. Su cuello huele a una mezcla de champú, cigarrillo y sudor. Sigo amasando su michelín y un impulso me recorre el espinazo. Menos mal acaba la canción y consigo zafarme.


    Llega un señor con la camisa rota en el hombro y con todo el carácter nos extiende una caja con cigarrillos y chicles. Desatendemos. Otros nos han ofrecido relojes, gafas de sol, chocolatinas y billetes de colección. Ya vamos por el tercer trago y me pica la curiosidad. El dinero que gana cada noche proviene de tres partes. La primera es el sueldo, la plata que se obliga el patrón: veinte mil los días flojos, de lunes a miércoles, y veinticinco mil de jueves a domingo. El sueldo de copera está asegurado cada noche, bien sea que se venda la faena o se pase en blanco. La segunda fuente son las propinas de los clientes, que van desde dos mil hasta cuarenta mil pesos. La tercera entrada, el atractivo del trabajo, son las fichas recogidas. Por cada cerveza Clarita que se beba, la pelada reclama al barman una ficha equivalente a mil pesos. Al finalizar la jornada se contabiliza y se liquida lo recogido. La mecánica del trabajo consiste en que el cliente pida lo suyo y Juliana una Clarita. A lo largo de la noche las meseras taconean por los pasillos con un monederito en la mano, el botín de su pequeño tesoro de fichas.

    Dice Juliana que la quincena pasada tuvo una buena noche. Ganó ochenta y cinco mil pesos: los veinticinco mil de sueldo, propinas por treinta mil y treinta y cinco fichas en su carterita. ¡Carajo, eso es mucha cerveza!


    —Pero uno se acostumbra. Además, mi tía me enseñó a tomar una copita de aceite de ricino; así se aguanta la beba.

     La tía me queda sonando.
     —De todas maneras, una llega todos los días prendida a la casa, cuando no es borracha.

    Ahora suena un despecho de Darío Gómez. Prefiero estar solo que mal acompañado. Nuestro vecino bebe aguardiente y manotea. Escupe al piso y se limpia la boca con amargura. Sostiene una bolsa plástica engrasada con la que señala a las peladas del fondo.

     —Es todo lindo ese señor —me dice Juliana.

    Y si de amores por ahí alguien te menciona, nunca le digas que tú fuiste mi mujer. Una de las peladas, tal vez la más flaca de todas, llega donde el señor: short, ombliguerita, abdomen plano y rostro duro. Mientras fuma, mete la mano en la bolsa extendida por el señor, saca un buñuelo y le saca un mordisco. De regreso a su mesa mastica y le da una calada a su cigarrillo. Este trabajo no es fácil. Se bebe mucho y se come poco o nada. Otras peladas pasan por su buñuelo donde el señor.
     —Siempre nos trae comida —me dice Juliana—. ¿No es muy lindo el señor?

    Los horarios varían según el turno. El diurno va desde las diez de la mañana hasta las siete de la noche, y el nocturno desde las seis de la tarde hasta las tres o cuatro de la mañana. Los martes son el peor día, porque incluso los lunes llegan a ser buenos cuando los clientes están de farra desde el domingo y se lamben también la mañana del lunes hasta quedar abatidos.


    Pero no solo se gana con las Claritas. Un guaro, un trago de ron, también generan una ficha de mil pesos. Pero Juliana prefiere la cerveza porque así aguanta más, así se vea obligada a ir continuamente al baño. Pide cerveza hasta que el cliente le ofrece media de ron o de guaro para los dos. Y tiene que aceptar. Con este pedido se gana seis fichas de un tajo. La idea es despachar la media lo más pronto posible para volver a pedir. Con toda razón a Juliana la cerveza le pasa como un jugo.


    Los tragos ya me tienen cantando yo no sé por qué borracho te recuerdo. Le pido a Juliana que me muestre una de las fichas que se ha ganado esta noche. Mientras agacha la cabeza y esculca su monederito, espero ver una sofisticada ficha de casino. Me muestra un botón para camisa elegante.
    —Pero estos botones son fáciles de conseguir —le digo pensando en un fraude—, son como a veinte pesos cada uno.

    — ¿Pero de estos rayaditos? —me contesta desafiante—. ¡Vaya pues consígalos!

    Le pregunto a Juliana si le provoca un tarrito de chunchurria. "¡Pues claroooo!". La dejo en la mesa y salgo al agite de la calle. Cuando estoy de regreso se lo extiendo y me mira agradecida y feliz. Entonces guarda en un papelito el chicle que está masticando.

    ¿Quién te metió en este rollo? –le pregunto.

    –Mi tía.

    Me cuenta que la tía tiene un puesto de hierbas en la Minorista. Un policía que le compra baños de la suerte fue quien hizo el puente. No fue fácil. Cuando el puesto resultó, la tía aconsejó a Juliana: tenía que aprender a conversar con los clientes, entretenerlos, ser bien confianzuda, sacarlos a bailar, obligarlos a beber, ajustarse las tiras del brasier en su presencia. Simular componer las copas y aprovechar para tocarse ella misma es un truco que siempre funciona. "Darles piquitos, dejarse tocar comedidamente".


    Para sacar una pelada del bar el cliente tiene que incurrir en tres gastos: el motel, la multa del bar y el precio de la chica. Una habitación en un motel de combate en una de las zonas más sórdidas, por Carabobo o Tejelo, se consigue por diez mil la hora o quince mil toda la noche: sábanas traslúcidas y paredes en ladrillo pelado. El tope mínimo para sacar del turno a una mesera arranca en treinta mil y puede subir hasta ochenta mil. Todo depende del tipo de cliente: de su pinta, de lo que haya tomado, de la propina. Depende del día, de la hora, de las ganas que el sujeto demuestre, del ánimo de la patrona. La patrona es como una suegra entre mala leche y alcahueta, pues es ella quien cobra la multa del bar. Depende también del tiempo: una hora, dos, el resto de la noche. Depende de las deudas, del arriendo, de los servicios públicos. Y depende, sobre todo, de la cantidad de fichas recogidas. El cuadre también depende del hambre que se tenga.

     
    Son las 9:30 de la noche y Juliana me coge la mano y me obliga a mirarla. Hago un esfuerzo para no sucumbir al plan depredatorio. Es el aliento suyo, el de verdad; el aliento natural de la noche en el bar. Juliana cierra los ojos y acerca su rostro. Dicen que las coperas ayudan a lidiar con el peso del mundo. Si esto es cierto, Juliana comienza a levantarme.
     
     
    Imagen tomada de:http://www.flickr.com/photos/amadgunslinger/5600767070/