Por: Daniel Samper Ospina.
Diario de a bordo de la magistrada Díaz
"Si la justicia es para los de ruana, los cruceros son para
los de toga"
Domingo
Hoy atracó el crucero en Cartagena. Lo atracó un señor a
quien no conozco, y eso que trabajo en la rama judicial. En un comienzo pensé
que era el magistrado José Alfredo Escobar; pero como no tenía botines, ni hizo
encarcelar a carpintero alguno, lo descarté. No veo la hora de embarcar. La
verdad es que el país está insoportable. ¿Quién no va a querer irse si, para
empezar, acá no hay quien imparta justicia? En el mar, la vida es más sabrosa.
Tengo mariposas en el estómago por la emoción.
Lunes
Al fin abordamos. Lo de las mariposas en el estómago resultó
ser una intoxicación por un coctel de langostinos y tuve que sentarme como
Santos en la casa de Valledupar. Acudí a ese recurso deposición, pero ya es
caso archivado. Mi cabina es en primera clase porque en eso soy muy
‘angelinista’ y creo que la presidenta de la Corte Suprema no puede andar como
una zarrapastrosa. Tan pronto como llegué me enfundé el bikini –sí, bikini, de
dos piezas, porque nunca he sido mujer de una sola pieza– y me encontré con el
resto de magistradas. Pedimos nuestros primeros daiquirís. Conocimos a unos
ecuatorianos divinos. Uno era juez en Sucumbíos. Me quedé profunda en la silla
asoleadora, delicioso, pero no me eché bloqueador y terminé más ardida que
Uribe con Santos. Ojalá no me queden manchas, porque nada más feo que una
magistrada con manchas. Mañana estudiaré los expedientes.
Martes
El mar estaba tan picado como Andrés Pastrana, y me resbalé
y me caí, y me pegué en toda la popa. Eso me puso de mal genio. Quedé toda
imputada. Para completar me enteré de que en Colombia hay gente rebotada por mi
viaje. Qué rabia. Con este vaivén, la única persona que tiene derecho a
rebotarse soy yo. ¿No saben, acaso, que uno es mejor funcionario cuando
adquiere mundo? Para no amargarme, me bajé en la isla de Arrubla y me fui de
shopping. Demasiado mal genio para mirar los expedientes.
Miércoles
Alejandro salió en mi defensa desde Tunja. Divino. Dijo que
mi viaje era puro ruido y que yo era excelente funcionaria. Estuvo tan amoroso
como cuando defendió nuestras pensiones millonarias. Es triste que en Colombia
no puedan ver a una magistrada en un crucero, con permiso remunerado, sin que
se llenen de rabia. De todos modos “mi procurador hermoso”, como le digo yo, me
mejoró el genio y me gocé el día a fondo. La próxima me lo traigo. Le digo que
‘crucero’ viene de ‘cruzada’ para convencerlo. De resto, almorzamos en la mesa
del capitán, un señor adorado. De noche, lo de siempre: casino y discoteca. No
alcancé a mirar los expedientes. PD: la isla no se llamaba Arrubla sino Aruba.
Jueves
Estoy feliz en el crucero. Pasan copas en bandejas y, como
si se tratara de la misma Justicia colombiana, cada quien puede tomarlas por su
propia mano. El barco avanza a 20 nudos, los mismos que tiene, en promedio, un
proceso en Paloquemao. Una cosa memorable: ¡me animé a imitar a unas turistas
suecas y me bronceé sin nada arriba! Como decían los demás magistrados: no
parecía Temis, la diosa de la Justicia, sino Tetis, la mitológica esposa del
océano. Pero qué diablos. Solo se vive una vez. Por la tarde hicimos concurso
de piñas coladas, y ganó el jurista Jaime Humberto Araque. De premio lo
nombraré magistrado. Mañana miro los expedientes.
Viernes
Si la justicia es para los de ruana, el crucero es para los
de toga. Hemos pasado felices y los magistrados que vinimos al paseo nos hemos
unido mucho. Cuando me pensione montaré mi propia flota de cruceros inspirada
en la rama judicial, con barcos que surquen las aguas a la velocidad de la
Justicia colombiana: es decir, que no anden, que solo hagan agua. Las cabinas
de tercera categoría vivirán hacinadas. Rodrigo y Tomás Jaramillo viajarán en
primera clase sin que nadie los toque. Al primer barco lo bautizaré con el
nombre de ese otro colega al que adoro, ‘Alberto Rojas’, pese a que, más que un
barco, Albertico sea todo un avión. Y expediré la tarjeta ‘Ruth Marina Díaz’
para viajeros frecuentes. (De mañana no pasa la lectura de expedientes).
Sábado
Hoy hice la lista de sitios a los que he viajado desde que
me posesioné y me pasó algo chistoso. Arranqué: Viena, Iguazú, Praga, Budapest.
Y cuando llegué a Ginebra, me antojé de una. Delicioso. Nada como una gin and
tonic bajo el sol. Claro que se me iba yendo la mano y se me fregó la lectura
de los expedientes. Por la tarde, aeróbicos en la piscina, cena con el capitán
y rumba de despedida (en la discoteca).
Domingo
Llegamos a Bogotá.
Qué depresión. Definitivamente prefiero las salas de masajes a las salas de
casación y los bufetes del desayuno a los bufetes de abogados. El escándalo por
el viaje está tenaz. Los hijos de Uribe harán negocio con el cobre que pelé en
estos días. No hablaré con la prensa porque eso es como perfumar al diputado
Rodrigo Mesa. Que más bien agradezcan: en una sola semana acumulé suficientes
millas como para compensar las que el país perdió en el fallo de La Haya.
Lunes
La altura de Bogotá me está matando, y eso que es la única
altura que me queda. Llegué manchada y molida. No veo la hora de largarme al
Congreso en España y dormir en alguna conferencia. Llevaré los expedientes para
leerlos en el viaje.
Tomado de: http://www.semana.com/opinion/articulo/diario-bordo-magistrada-diaz/345716-3


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