Por: Andrés Delgado
Coperas
De día, mujeres comunes. De noche, las reinas de la fiesta. No viven del sexo, sino de las preguntas. Ser coperas es su profesión, y escuchar a los hombres su función. Sonriendo, bellas siempre, dispuestas a acompañar unos tragos que suban la cuenta, pasan las noches estas bellezas intocables hechas de hierro y maquillaje.
Durante la noche, sentados en el bar Hollywood, Juliana no
ha dicho mi nombre. No me dice Andrés, sino papi, y cada que me dice papi yo
floto en los espacios misteriosos de mi ser. Andrés es el nombre del esclavo
que obedece las órdenes del mundo. Papi es un cuento de mil y una noches.
Al frente de nuestra mesa está la pista de baile. Los
cuerpos de las parejas que bailan me recordarás, aunque me vaya me recordarás
son cruzados por rayos de colores. La música truena, las parejas sonríen y el
barman sirve un trago en la barra. Me recordarás, aunque me vaya me recordarás.
—Venga bailemos —y Juliana taconea por entre las mesas,
arrastrándome de la mano como a un hijo bobo.
Me sube una bomba de sangre a la cabeza. Por favor, voy a
pisarle los pies. Las parejas quiebran cintura y la bola de espejos despide
rayos en todas las direcciones. Me recordarás, aunque me vaya me recordarás.
Será cuestión de los tragos, pero la música comienza a gustarme. Juliana me
dice que por favor no le mire tanto los pies. Me avergüenzo y levanto la
frente. Me sonríe, tan linda, y su gesto restablece mi confianza. Mi nariz
llega a su coronilla, aunque Juliana tiene tacones. Su rostro afilado me gusta,
pero ese pequeño lunar redondo al borde de su labio me hace pensar en algo siniestro.
—No mueva tanto los hombros —y su aliento fresco a Chiclets
Adams me golpea en la cara.
Pleno ajetreo de la calle Bomboná entre Junín y Palacé,
siete de la noche. La comida callejera chirrea en la grasa mientras se levanta
un vapor feroz desde las planchas de asaduras. Mientras espero mi tarrito de
intestino asado liquido una butifarra. Mastico ansioso, pensando dónde carajos
gastar mi viernes. Me tortura la pregunta de los desesperados: ¿A quién llamo?
La congestión de la calle se revuelve con aire orgánico.
Voceadores de buses y almacenes de cachivaches. Gente, colectivos y taxis.
Pitos, semáforos. Una carreta hasta el tope con una pirámide de mangos
amarillos. Al frente, un marco en media luna con luces de striptease, muy
distinguido. Seré pendejo. Lo que necesito es un ron despachado con cerveza mientras
miro viejas empelota.
El bar Hollywood es una caverna roja y mineral, estrecha y
larga como cualquier cueva. Al fondo están la barra y la pista de baile. Truena
una salsa de Marc Anthony: Qué precio tiene el cielo, que alguien me lo diga.
No hay barra de striptease ni tarima. Estoy desubicado y dudoso. Desde el fondo
oscuro me mira un cúmulo de ojos intimidantes, así que no hay de otra que gastarse
una cerveza. Avanzo muy despacio por el pasillo. Así debe ser el infierno:
largo, estruendoso y rojizo. No sé dónde sentarme. Este infierno tiene
ventiladores y mujeres que cuchichean en las mesas y me miran como colegialas,
las coperas.
Por fin me siento. En la mesa hay un tarro rojo cuya función
no entiendo. Las otras mesas también lo tienen. ¿Será un cenicero? ¿O un tarro
para las propinas? Viene una pelada que sonríe y pregunta qué quiero tomar.
—Una Pilsen —y yo
también le sonrío—, bien fría si es tan amable, y un ron doble.
Su calidez y
disposición me hacen sentir cómodo y tranquilo.
— ¿Usted cómo se
llama? —le pregunto.
—Juliana —y me mira.
— ¿Se quiere sentar conmigo, Juliana?
—Ya vengo pues para que conversemos un ratico —y taconea en
dirección a la barra.
Un afiche: prohibida la entrada de armas. La pelada llega
con mi pedido, abre la cerveza y echa la tapa en el tarro. Para ella ha traído
una cerveza Clarita que también destapa frente a mis ojos. La desconfianza en
estos sitios es por el licor adulterado. ¿Pero el trago de ron? Espero que en
dos horas no quede envenenado y ciego. El ron me destapa las vías
respiratorias, y lo bajo con un buen trago de cerveza.
A nadie parece importarle que esté bailando con Juliana.
Durante el primer minuto bailamos en un par de baldosas. Cuando vamos de nuevo
en el coro, Juliana toma la iniciativa y me empuja en un paseíto por la pista.
Me recordarás, aunque me vaya me recordarás. Dejarse jalar por una mujer en un
baile es de lo más incómodo. En la palma de la mano siento el michelín blando
de su cintura. Juliana es trocita y chiquita. Y dice que come poquito. Le amaso
el gordito, que me relaja y a la vez me provoca. En un acto reflejo me atrevo a
seguir la letra de la canción.
—Ay, usted canta muy
lindo —me dice al oído.
Me siento halagado y aspiro con ganas. Su cuello huele a una
mezcla de champú, cigarrillo y sudor. Sigo amasando su michelín y un impulso me
recorre el espinazo. Menos mal acaba la canción y consigo zafarme.
Llega un señor con la camisa rota en el hombro y con todo el
carácter nos extiende una caja con cigarrillos y chicles. Desatendemos. Otros
nos han ofrecido relojes, gafas de sol, chocolatinas y billetes de colección.
Ya vamos por el tercer trago y me pica la curiosidad. El dinero que gana cada
noche proviene de tres partes. La primera es el sueldo, la plata que se obliga
el patrón: veinte mil los días flojos, de lunes a miércoles, y veinticinco mil
de jueves a domingo. El sueldo de copera está asegurado cada noche, bien sea que
se venda la faena o se pase en blanco. La segunda fuente son las propinas de
los clientes, que van desde dos mil hasta cuarenta mil pesos. La tercera
entrada, el atractivo del trabajo, son las fichas recogidas. Por cada cerveza
Clarita que se beba, la pelada reclama al barman una ficha equivalente a mil
pesos. Al finalizar la jornada se contabiliza y se liquida lo recogido. La
mecánica del trabajo consiste en que el cliente pida lo suyo y Juliana una
Clarita. A lo largo de la noche las meseras taconean por los pasillos con un
monederito en la mano, el botín de su pequeño tesoro de fichas.
Dice Juliana que la quincena pasada tuvo una buena noche.
Ganó ochenta y cinco mil pesos: los veinticinco mil de sueldo, propinas por
treinta mil y treinta y cinco fichas en su carterita. ¡Carajo, eso es mucha
cerveza!
—Pero uno se acostumbra. Además, mi tía me enseñó a tomar
una copita de aceite de ricino; así se aguanta la beba.
La tía me queda
sonando.
—De todas maneras,
una llega todos los días prendida a la casa, cuando no es borracha.
Ahora suena un despecho de Darío Gómez. Prefiero estar solo
que mal acompañado. Nuestro vecino bebe aguardiente y manotea. Escupe al piso y
se limpia la boca con amargura. Sostiene una bolsa plástica engrasada con la
que señala a las peladas del fondo.
—Es todo lindo ese
señor —me dice Juliana.
Y si de amores por ahí alguien te menciona, nunca le digas
que tú fuiste mi mujer. Una de las peladas, tal vez la más flaca de todas,
llega donde el señor: short, ombliguerita, abdomen plano y rostro duro. Mientras
fuma, mete la mano en la bolsa extendida por el señor, saca un buñuelo y le
saca un mordisco. De regreso a su mesa mastica y le da una calada a su
cigarrillo. Este trabajo no es fácil. Se bebe mucho y se come poco o nada.
Otras peladas pasan por su buñuelo donde el señor.
—Siempre nos trae
comida —me dice Juliana—. ¿No es muy lindo el señor?
Los horarios varían según el turno. El diurno va desde las
diez de la mañana hasta las siete de la noche, y el nocturno desde las seis de
la tarde hasta las tres o cuatro de la mañana. Los martes son el peor día,
porque incluso los lunes llegan a ser buenos cuando los clientes están de farra
desde el domingo y se lamben también la mañana del lunes hasta quedar abatidos.
Pero no solo se gana con las Claritas. Un guaro, un trago de
ron, también generan una ficha de mil pesos. Pero Juliana prefiere la cerveza
porque así aguanta más, así se vea obligada a ir continuamente al baño. Pide
cerveza hasta que el cliente le ofrece media de ron o de guaro para los dos. Y
tiene que aceptar. Con este pedido se gana seis fichas de un tajo. La idea es
despachar la media lo más pronto posible para volver a pedir. Con toda razón a
Juliana la cerveza le pasa como un jugo.
Los tragos ya me tienen cantando yo no sé por qué borracho
te recuerdo. Le pido a Juliana que me muestre una de las fichas que se ha
ganado esta noche. Mientras agacha la cabeza y esculca su monederito, espero
ver una sofisticada ficha de casino. Me muestra un botón para camisa elegante.
—Pero estos botones son fáciles de conseguir —le digo
pensando en un fraude—, son como a veinte pesos cada uno.
— ¿Pero de estos rayaditos? —me contesta desafiante—. ¡Vaya
pues consígalos!
Le pregunto a Juliana si le provoca un tarrito de
chunchurria. "¡Pues claroooo!". La dejo en la mesa y salgo al agite
de la calle. Cuando estoy de regreso se lo extiendo y me mira agradecida y
feliz. Entonces guarda en un papelito el chicle que está masticando.
– ¿Quién te metió en este rollo? –le pregunto.
–Mi tía.
Me cuenta que la tía tiene un puesto de hierbas en la
Minorista. Un policía que le compra baños de la suerte fue quien hizo el
puente. No fue fácil. Cuando el puesto resultó, la tía aconsejó a Juliana:
tenía que aprender a conversar con los clientes, entretenerlos, ser bien confianzuda,
sacarlos a bailar, obligarlos a beber, ajustarse las tiras del brasier en su
presencia. Simular componer las copas y aprovechar para tocarse ella misma es
un truco que siempre funciona. "Darles piquitos, dejarse tocar
comedidamente".
Para sacar una pelada del bar el cliente tiene que incurrir
en tres gastos: el motel, la multa del bar y el precio de la chica. Una
habitación en un motel de combate en una de las zonas más sórdidas, por
Carabobo o Tejelo, se consigue por diez mil la hora o quince mil toda la noche:
sábanas traslúcidas y paredes en ladrillo pelado. El tope mínimo para sacar del
turno a una mesera arranca en treinta mil y puede subir hasta ochenta mil. Todo
depende del tipo de cliente: de su pinta, de lo que haya tomado, de la propina.
Depende del día, de la hora, de las ganas que el sujeto demuestre, del ánimo de
la patrona. La patrona es como una suegra entre mala leche y alcahueta, pues es
ella quien cobra la multa del bar. Depende también del tiempo: una hora, dos,
el resto de la noche. Depende de las deudas, del arriendo, de los servicios
públicos. Y depende, sobre todo, de la cantidad de fichas recogidas. El cuadre
también depende del hambre que se tenga.
Son las 9:30 de la noche y Juliana me coge la mano y me
obliga a mirarla. Hago un esfuerzo para no sucumbir al plan depredatorio. Es el
aliento suyo, el de verdad; el aliento natural de la noche en el bar. Juliana
cierra los ojos y acerca su rostro. Dicen que las coperas ayudan a lidiar con
el peso del mundo. Si esto es cierto, Juliana comienza a levantarme.
Imagen tomada de:http://www.flickr.com/photos/amadgunslinger/5600767070/


0 comentarios:
Publicar un comentario
Tus comentarios son importantes: