Por: Carolina Calle
Vallejo
¡Se alquilan chanclas!
El documental que me entregó a la cárcel.
Si no fuera porque un hombre se fugó de la cárcel, aún
estaría encerrada con más de siete mil presos. Quizá oyendo al trío de
delincuentes que se volvieron serenateros tras las rejas, o contando a los
clientes que hacían fila para que el brujo del patio les predijera cuándo
llegaría la libertad. Viendo las monerías del mimo que afuera pecó por su
silencio y adentro entretenía a los niños del cacique; o tal vez, sonrojándome
con los piropos que me gritaban a través de los barrotes: "¡Eh Ave María
mona, parece una bolsita de lentejas: chiquitica y rendidora!".
Si regresara al último semestre universitario cuando decidí
dónde hacer mi práctica profesional, me entregaría otra vez a la peor prisión
del país. No elegí ningún diario o canal de televisión porque no tendría la
libertad de crear sino la obligación de reproducir información y de codearme
con la fuente oficial. Y justo ese año, a la Facultad de Comunicación Social de
la UPB llegó una insólita petición del Centro de Medios de la Cárcel
Bellavista.
Me advirtieron que trabajaría de tú a tú con bandidos, que
no haría buenos contactos, que recibiría propuestas indecentes, que mi jefe
sería un guardián de bolillo y que no habría presupuesto ni para pagarme los
pasajes. Quedé encantada con el preámbulo y acepté. Pero antes de firmar el
contrato puse una condición: ¡libertad! Les advertí que quería buscar historias
y encontrar personajes, escribir guiones y grabar cortometrajes donde los
presos fueran los protagonistas.
No tuvieron otra opción que aceptarme, nadie más mandó la
hoja de vida. Hice una convocatoria abierta a través del canal interno de
televisión, pegué afiches en las carteleras y nombré corresponsales para que
regaran el rumor en cada patio. Casi treinta reclusos se anotaron. Les presenté
a los Hermanos Lumière y a Chaplin y terminamos hablando de Woody Allen y
Kusturica en el cineclub.
Se cumplió el semestre de práctica que me exigía la
universidad y no quería irme. Llevaba diez felices meses de cárcel cuando un
preso se fugó, hubo un motín, al guardián que era mi jefe lo relevaron del
cargo, cerraron el canal y yo quedé en el aire. Toqué las puertas de la
prisión, no pedía nada a cambio, solo quería terminar mi proyecto pero ya
estaba por fuera.
Aunque no me dejaran entrar seguí yendo a Bellavista. Por
mis contactos me enteré de que los fines de semana prohibían entrar con zapatos
para evitar que los visitantes ingresaran al penal con armas, celulares, droga
o dinero entre las suelas. Al saber que en las afueras alquilaban chanclas
decidí ir a conocer personalmente a las autoras materiales de este curioso
oficio.
— ¿Cómo es esto de alquilar chanclas? — le pregunté a la
primera que me topé.
—Esto está muy duro, ya casi no da—me respondió con un dejo
de rabia—; estoy que me retiro.
— ¿Por qué?
—Imagínese que me roban las chanclas. Las mujeres llegan,
escogen las mejores para entrar de visita, me entregan sus zapatos rotos y
sucios para que se los guarde, y cómo le parece que a la salida no vuelven, se
van con mis chanclitas puestas y me dejan estas pecuecas. ¿Ah?
Por esos días se abrió un concurso donde se premiaría un
video de un minuto y decidí participar con esta historia de arrendamientos
menores. Volví con un equipo de producción y un par de actrices disfrazadas,
una de visitante vivaracha y otra de alquiladora bonachona. Aunque quise
recrear la escena tal cual, tomé ciertas licencias de la ficción que se
alejaban de la realidad. A la que haría de alquiladora de chanclas le inventé
un pregón musical, diferente al original.
Y para que las chanclas cobraran protagonismo, en vez de
empacarlas en una bolsa negra, como suelen hacerlo, las colgué a lo largo de un
palo que la actriz sostuvo detrás del cuello como si cargara una cruz. A
ninguna de las alquiladoras de chanclas reales le informé qué haría, tampoco
pedí permiso para grabar, llegué como Carolina por su cárcel y delante de todas
dije: "¡Acción!".
Las señoras miraban estupefactas, no entendían qué pasaba,
quiénes éramos, ni por qué una forastera las remedaba con ese estúpido pregón y
un palo de escoba a cuestas. Nunca antes en la historia una alquiladora de
chanclas fue así. "¡Payasas!", "¡Pendejas!", vociferaban. Y
una señora de ojos azules salió en defensa del gremio e interrumpió el acto. Se
acercó a la protagonista, la corrigió y luego me regañó: "¡Así no somos
las alquiladoras de chanclas!".
Ese día dirigí una escena del crimen en contra de las
alquiladoras de chanclas. Les herí el orgullo y violenté su identidad. Los
medios de comunicación siempre llegaron a Bellavista a cubrir las malas
noticias, a informar sobre el muerto o a registrar el amotinamiento. Pero nunca
le dieron la palabra a una alquiladora de chanclas. Y es que es un oficio de
doble filo. En el fondo está hablando de nuestras vergüenzas, de los eternos problemas
y de cómo la criminalidad y el hacinamiento son tan duraderos que originan un
negocio rentable y sostenible en el tiempo.
Pero también es un honor contar con el ingenio de estas
mujeres que a través de sus chanclas hablan de la recursividad y la idiosincrasia
colombiana, que prefiere rebuscársela e inventarse oficios informales en vez de
ilegales. Ellas tienen sentido de pertenencia a una cárcel que les da trabajo,
y están orgullosas del servicio que prestan a las familias de los presos.
Comprendí que antes de pasar por la representación esta labor necesitaba ser
expuesta. Y en lugar de que una actriz hablara por ellas, debían ser las mismas
alquiladoras las que alzaran sus voces y sus chanclas.
Entonces volví a Bellavista con las manos arriba y busqué a
la dama que me prendió el bombillo con un regaño. Le dije que quería resarcir
mi daño y hacer algo serio sobre su trabajo. Y con un "hágale mami que yo
le ayudo", me dio la bienvenida al gremio y me hizo una inducción. Recibí
un curso magistral sobre historia y evolución del alquiler de chanclas. Aprendí
sobre temporadas altas, combos y promociones. Me presentó a otras colegas que
ofrecían su sueño, y trasnochaban desde el sábado para vender los mejores
puestos de una fila de casi un kilómetro que se prolongaba hasta el mediodía
del domingo.
Y conocí a las paqueteras, las que prestaban un servicio de
mensajería transportando almuerzos y kits de aseo de afuera hacia adentro.
Inicialmente me propuse resaltar esa mentalidad emprendedora y hacer una parodia
al documental institucional en el que ellas mismas, con toda su informalidad y
desparpajo, presentarían la misión, visión y valores corporativos del negocio.
Elegí a 'La Zarca', a 'La Titi' y a María como personajes principales. A través
de este trío de cincuentonas risueñas conoceríamos la dinámica del gremio. 'La
Zarca' alquilaba chanclas, 'La Titi' vendía puestos en la fila y María prestaba
servicio a domicilio a los hombres que viven tras las rejas.
Escribí sus historias y me presenté al concurso del Fondo
para el Desarrollo Cinematográfico de Colombia.
La propuesta resultó ganadora del estímulo para realizar el
documental ¡Se alquilan chanclas! Y cuando ya tenía casi todo para iniciar el
rodaje, a María la capturaron. Un hombre la contrató un domingo para entregar
un recipiente repleto de comida a un recluso. María se disfrazó de visitante
como lo había hecho durante quince años desde que decidió especializarse en el
transporte de paquetes reja a reja. Se puso las chanclas, alistó su cédula y el
permiso de ingreso. Antes de que llegara al patio, un guardián requisó los
alimentos y descubrió que varios chorizos estaban rellenos de cocaína. María
abrió los ojos, María se agarró las greñas, María trató de explicarlo. Que era
una trampa. Que era paquetera. Que era parte del gremio Bellavista. Que era
inocente. Nadie le creyó. Esa misma noche 'La Zarca' me llamó llorando:
"Caro, a María le metieron un paquete chileno".
Lo de María no estaba previsto en la cátedra de riesgos
profesionales que me había dictado 'La Zarca'. Sabía que lidiaban con la
pecueca ajena y los hongos de los pies. Que en las afueras a veces había
balaceras, homicidios, riñas. Pero lo de María no tenía antecedentes. El buen
nombre del gremio quedó en entredicho cuando el fiscal que legalizó su captura
la señaló como "un peligro para la sociedad". Las compañeras de celda
de María le advirtieron que era un caso perdido, que no tendría cómo demostrar
que ese paquete que llevaba consigo no era suyo, que era mejor declararse culpable
para que le rebajaran la mitad de la pena. Como María no aceptó los cargos la
realidad nos citó en la acalorada sala donde se realizó el juicio.
María solo contaba con sus colegas y un abogado de oficio
para demostrar que, a pesar de ser una sociedad anónima, tenían décadas de
trayectoria, estrategias de marca picarescas, un descabellado portafolio de
productos y servicios, además de grandes riesgos profesionales. La fiscal tenía
pruebas forenses, documentos y testigos que confirmarían que en este gremio no
había colegas sino cómplices, que en vez de trayectoria tenían prontuario, que
no tenían apodos sino alias y que el negocio de alquiler de chanclas era la
fachada de una empresa criminal.
Los guardianes de la cárcel y el investigador de la Policía
Judicial que declararon en contra, desconocieron al gremio y se refirieron a su
trabajo como "el presunto oficio", negando la posibilidad de que
existiera el servicio de mensajería. En su indagatoria aseguraron que la
conducta de María obedecía al modus operandi de las mulas que proliferan en
Bellavista. Pude haber excluido a María de la película para continuar con el
plan estimado, pero no podía dejarla sola en este caso. Hasta yo estaba
involucrada en la historia, y mi proyecto no solo sería una prueba de su inocencia
sino también de la existencia de su oficio.
Al igual que 'La Zarca', 'La Titi' y las colegas, yo también
recibí una citación del juzgado penal para comparecer y declarar bajo la
gravedad del juramento todo lo que sabía acerca de las alquiladoras de chanclas.
El juez me advirtió que si no decía la verdad incurriría "en delito de
falso testimonio sancionable con prisión" y me preguntó: "¿Jura decir
la verdad y nada más que la verdad?".
Este caso se me salió de las manos, ya estaba implicado mi
corazón. No solo dije lo que sabía sino también lo que sentía. Confesé que las
alquiladoras de chanclas eran mis heroínas, y en un arrebato de cursilería
terminé llorando en plena indagatoria. Me dolía que esa mujer a la que conocí
libre estuviera al borde de una condena de doce años.
Hasta aquí puedo contar pues tengo el deber de guardar
silencio. Cuando termine el documental se sabrá qué pasó al final del juicio.
Solo garantizo que cuando lo vean nunca olvidarán que Medellín, la cuna de
Juanes, la que vio crecer al maestro Botero, la que vio morir a Gardel, también
es la ciudad de las alquiladoras de chanclas.
Tomado de: http://www.universocentro.com/NUMERO37/Sealquilanchanclas.aspx


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